LATINOAMÉRICA · Caracas

Estados Unidos impulsa diálogo en Venezuela

Estados Unidos impulsa diálogo en Venezuela

El gobierno de Estados Unidos apoya las negociaciones para la transición en Venezuela. Dinorah Figuera lidera el equipo opositor en las conversaciones con el chavismo. Las reuniones se llevan a cabo sin la participación de Machado

Análisis GNP

El gobierno de Estados Unidos ha reafirmado su compromiso con el impulso de un diálogo en Venezuela, buscando facilitar una transición política en el país suramericano. Esta postura subraya una estrategia diplomática que prioriza la negociación como vía para abordar la compleja crisis venezolana, marcando un hito en la política exterior estadounidense hacia la región.

Las conversaciones, que buscan un acercamiento entre el chavismo y la oposición, cuentan con la participación de un equipo opositor liderado por Dinorah Figuera. Es notable la ausencia de figuras clave como María Corina Machado en estas reuniones, lo que plantea interrogantes sobre la unidad y representatividad de la oposición en este proceso negociador.

Este esfuerzo de Washington por promover el entendimiento político en Venezuela no solo responde a la necesidad de estabilizar la situación interna del país, sino que también refleja un interés más amplio en la estabilidad regional. La búsqueda de soluciones políticas a través del diálogo se presenta como una alternativa a la confrontación, con implicaciones significativas para el futuro democrático y económico de Venezuela.

Puntos clave

  • El respaldo explícito de Estados Unidos al diálogo en Venezuela señala una consolidación de la vía diplomática como principal herramienta para abordar la crisis, matizando previas posturas de mayor confrontación o aislamiento.
  • La composición del equipo opositor, encabezado por Dinorah Figuera y la notoria ausencia de María Corina Machado, evidencia las divisiones internas y la diversidad de enfoques dentro de la oposición venezolana frente a la estrategia de negociación.
  • El objetivo central de estas negociaciones es lograr una "transición" en Venezuela, lo que implica la búsqueda de un camino hacia la estabilización política, la recuperación económica y, potencialmente, la celebración de elecciones justas y transparentes.
  • La implicación de Estados Unidos en este proceso tiene ramificaciones geopolíticas significativas, incluyendo la posibilidad de una flexibilización de sanciones, el impacto en la dinámica regional y el potencial suministro de recursos energéticos venezolanos al mercado global.

Contexto

Venezuela ha estado sumergida en una profunda crisis política, económica y social durante más de una década, caracterizada por una hiperinflación, escasez de bienes básicos, colapso de servicios públicos y una masiva migración de sus ciudadanos. La polarización se ha acentuado con cuestionamientos a la legitimidad de procesos electorales, protestas masivas y una serie de sanciones internacionales impuestas principalmente por Estados Unidos y la Unión Europea.

A lo largo de los años, se han realizado múltiples intentos de diálogo entre el gobierno y la oposición en diferentes escenarios internacionales, como Oslo, Barbados y México. Sin embargo, estos esfuerzos no lograron consolidar acuerdos duraderos ni una hoja de ruta clara para una transición democrática. La política de "máxima presión" de Estados Unidos, incluyendo el reconocimiento de Juan Guaidó como presidente interino, tampoco consiguió el cambio deseado, llevando a una reevaluación de las estrategias por parte de la comunidad internacional.

La Realidad Detrás

Lo que los medios mainstream callan

El primer beneficiario de este impulso diplomático es el propio gobierno de Estados Unidos, que necesita mostrar una bandera de estabilidad en su patio trasero mientras gestiona crisis simultáneas en otros frentes. Al sentar a Dinorah Figuera como interlocutora, Washington refuerza a un sector opositor que le resulta funcional para negociar sin las incomodidades que le genera la figura de María Corina Machado. No es un triunfo de la democracia venezolana: es una operación de gestión de riesgos donde se premia a quien se sienta a la mesa, no a quien tiene mayor respaldo popular en las calles.

Los intereses económicos y geopolíticos son enormes y tienen nombres concretos. El petróleo venezolano sigue siendo el premio mayor, y las licencias que Estados Unidos ha otorgado a Chevron y otras petroleras condicionan cualquier avance. Quien decide no es Figuera ni el chavismo, sino el Departamento del Tesoro y la Casa Blanca, que controlan las sanciones y pueden flexibilizarlas o endurecerlas según sus cálculos. También está en juego el control del flujo migratorio hacia la frontera sur, un tema electoral sensible en Washington. Por eso, las reuniones se celebran sin Machado: ella representa una posición de ruptura que complica los acuerdos que ambos lados, tanto el chavismo como la administración estadounidense, parecen dispuestos a cerrar.

El mecanismo de fondo es antiguo y está documentado en múltiples crisis: cuando una potencia externa decide que la estabilidad es más rentable que el cambio, el resultado es una transición pactada entre élites que deja intactas las estructuras de poder económico. En los años noventa, Estados Unidos apoyó transiciones en la antigua Unión Soviética que convirtieron a exfuncionarios comunistas en nuevos oligarcas. En Venezuela, el chavismo ya demostró con la mesa de diálogo de 2019 en Barbados y la de 2022 en México que sabe alargar conversaciones para ganar tiempo, desgastar a la oposición y consolidar su control. Figuera, como presidenta de la Asamblea Nacional de 2015, tiene la legitimidad formal que Washington necesita, pero no la fuerza movilizadora de Machado, y eso la convierte en una pieza débil por diseño.

Para el ciudadano común venezolano, este anuncio no cambia su realidad inmediata: su salario sigue siendo insuficiente, los servicios públicos siguen colapsados y la migración forzada no se detiene por una reunión en otro país. Lo que sí puede cambiar es la expectativa de que se levanten sanciones, lo que podría aliviar la economía a corto plazo, pero también podría legitimar al régimen sin garantías reales de elecciones libres. En el bolsillo, el venezolano depende de que las remesas de sus familiares en el exterior sigan fluyendo, y eso está atado a la política migratoria estadounidense. Cualquier acuerdo que no incluya la liberación de presos políticos y un calendario electoral verificable será solo un maquillaje que no toca los derechos básicos.

Lo que conviene vigilar en las próximas semanas es si las reuniones producen acuerdos concretos con fechas y mecanismos de verificación, o si se quedan en declaraciones de buena voluntad. Hay que mirar las declaraciones del Departamento de Estado sobre las licencias petroleras, los movimientos de Chevron en sus informes trimestrales, y sobre todo la reacción de la propia Machado: si ella denuncia el proceso como una farsa, sabremos que el acuerdo excluye a la mayoría opositora. También hay que seguir la liberación de presos políticos, que es el indicador más fiable de que la negociación es real, y los cambios en la política de sanciones que se anuncien desde Washington. Si no hay avances en esos frentes, este impulso diplomático será otra foto sin sustancia.

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