GEOPOLÍTICA · Jerusalén

La administración Trump enfrenta retos en un acuerdo con Hamas y Tensiones con Irán

La administración Trump enfrenta retos en un acuerdo con Hamas y Tensiones con Irán

La administración Trump anunció un acuerdo con Hamas, pero enfrenta retos para implementarlo. El acuerdo incluye la desarme de Hamas y es parte de un plan de 20 puntos para alcanzar un cese al fuego en la Franja de Gaza. La implementación del acuerdo enfrenta resistencia y cuestionamientos sobre su viabilidad.

Análisis GNP

La administración Trump ha anunciado un acuerdo con Hamas, una iniciativa que, de concretarse, representaría un giro significativo en la dinámica del conflicto israelo-palestino y en la política exterior estadounidense en la región. Este anuncio, si bien ambicioso en su alcance, ya enfrenta considerables desafíos y cuestionamientos respecto a su viabilidad y a las implicaciones a largo plazo.

El núcleo de este pacto, según lo revelado, incluye la crucial condición del desarme de Hamas. Esta exigencia es parte integral de un plan más amplio de veinte puntos, diseñado con el objetivo primordial de establecer un cese al fuego duradero en la Franja de Gaza, una región marcada por décadas de conflicto y asedio.

Sin embargo, la implementación de un acuerdo de esta magnitud con un actor como Hamas genera una resistencia predecible y un escepticismo profundo entre diversas facciones políticas y analistas. La complejidad inherente al panorama geopolítico de Oriente Medio, exacerbada por tensiones regionales que involucran a Irán, añade capas de dificultad a cualquier intento de estabilización en la zona.

Puntos clave

  • El acuerdo propuesto por la administración Trump exige el desarme de Hamas como condición central para un cese al fuego en la Franja de Gaza.
  • Este pacto forma parte de un plan más amplio de veinte puntos, diseñado para establecer una estabilidad duradera en una de las regiones más volátiles del mundo.
  • La implementación del acuerdo enfrenta una considerable resistencia interna y externa, así como profundos cuestionamientos sobre su practicidad y legitimidad.
  • La iniciativa se desarrolla en un contexto de elevadas tensiones regionales, incluyendo las relaciones con Irán, lo que podría complicar aún más cualquier esfuerzo de pacificación.

Contexto

El conflicto israelo-palestino tiene raíces profundas, abarcando más de siete décadas de disputas territoriales, políticas y religiosas. Hamas, una organización islamista que gobierna la Franja de Gaza desde 2007, ha sido un actor central en esta dinámica, caracterizado por su resistencia armada y su negación del derecho de Israel a existir. Los intentos de mediación internacional han sido numerosos, pero la desconfianza mutua y la intransigencia de las partes han frustrado la mayoría de los esfuerzos por alcanzar una paz duradera.

La política exterior de Estados Unidos en la región ha oscilado entre el apoyo inquebrantable a Israel y los esfuerzos por facilitar una solución de dos estados. Tradicionalmente, Washington ha evitado el diálogo directo con Hamas, considerándolo un grupo terrorista. El enfoque de la administración Trump, que aparentemente busca un acuerdo directo con Hamas, representa una desviación notable de esta postura histórica y plantea interrogantes sobre los precedentes y las futuras interacciones con actores no estatales en conflictos complejos.

La Realidad Detrás

Lo que los medios mainstream callan

Quien se beneficia realmente de este anuncio es la propia administración Trump, que necesita capital político para presentarse como un actor capaz de resolver conflictos internacionales antes de un ciclo electoral. El acuerdo con Hamas, presentado como un plan de veinte puntos, le permite a Washington ocupar el centro del tablero diplomático sin haber puesto un solo soldado en la franja. Hamas, por su parte, obtiene un reconocimiento fáctico como interlocutor negociador, algo que durante décadas se le negó, y gana tiempo para reorganizarse mientras las cámaras apuntan al proceso de desarme. Los grandes perdedores inmediatos son los palestinos de a pie, que ven cómo su futuro se negocia por terceros sin que nadie garantice su seguridad física ni su derecho al retorno.

Los intereses económicos y geopolíticos en juego son enormes y tienen nombres concretos. Israel necesita una salida que no implique una victoria simbólica de Hamas, y su gobierno presiona para condicionar cualquier desarme a un control internacional verificable. Egipto y Catar, que han actuado históricamente como mediadores, buscan consolidarse como los únicos canales viables hacia Gaza, lo que les otorga influencia sobre millones de dólares en ayuda humanitaria y reconstrucción. Estados Unidos, a través del enviado especial, quiere asegurarse de que Irán no capitalice el vacío de poder en la franja, porque un Hamas desarmado sin un sustituto claro es una invitación a que Teherán extienda su red de milicias. El poder de decisión real no está en Gaza ni en Ramala, sino en las mesas de Washington, Tel Aviv y Doha.

El precedente histórico público más cercano es el acuerdo de desarme de las milicias libanesas tras el acuerdo de Taif en 1989, que nunca se completó del todo y dejó a Hezbolá como única fuerza armada relevante, con el resultado que hoy se ve en la frontera norte de Israel. También hay que recordar los acuerdos de Oslo, donde se prometió un proceso de paz que nunca se tradujo en un Estado viable y las armas de las facciones palestinas se mantuvieron fuera del control de la Autoridad Nacional Palestina. El mecanismo de fondo es siempre el mismo: un desarme solo funciona si hay una autoridad central con el monopolio de la violencia, y en Gaza no existe ninguna institución con capacidad real de imponerlo. Sin una fuerza internacional sobre el terreno o un ejército palestino unificado, el plan de veinte puntos es papel mojado.

Para el ciudadano normal, esto se traduce directamente en su factura energética y en sus impuestos. Cada escalada en Gaza dispara el precio del petróleo y del gas, y cada amenaza de conflicto con Irán añade una prima de riesgo a los seguros marítimos del estrecho de Ormuz, por donde pasa un quinto del crudo mundial. En Europa y en Estados Unidos, el contribuyente financia la reconstrucción de Gaza con fondos que nunca se auditan de forma transparente, mientras las facciones armadas se quedan con una parte de la ayuda en forma de impuestos de guerra. Además, la inestabilidad en Oriente Próximo justifica presupuestos militares crecientes y recortes en partidas sociales, porque la seguridad se vende como la prioridad absoluta. El ciudadano no tiene voto en este proceso, pero paga cada error de cálculo con la subida de la cesta de la compra.

Lo que conviene vigilar en las próximas semanas es la fecha de entrada en vigor del desarme, porque el anuncio no la especifica, y eso es una señal de que el acuerdo es un marco de intenciones más que un calendario operativo. Hay que seguir las declaraciones del enviado especial de la administración Trump sobre quién verificará la entrega de armas y qué país asumirá la seguridad de los inspectores. También es clave observar si Catar y Egipto publican documentos de seguimiento, porque su silencio será la prueba de que el acuerdo no tiene músculo. Donde mirar es en los comunicados del Ministerio de Defensa de Israel y en las cifras de ayuda humanitaria que entren a la franja: si la ayuda no aumenta de forma drástica en un mes, el acuerdo es una ficción.

Informe gratuito

«El Control Invisible»: quién decide las noticias que lees

Suscríbete a la newsletter semanal y te enviamos gratis el informe que explica cómo funcionan por dentro los grandes medios.

Recibirás el PDF en tu email y la newsletter de los lunes · Sin spam