TECNOLOGÍA|GEOPOLÍTICA · San Francisco

La regulación de la inteligencia artificial requiere un enfoque descentralizado y flexible

La regulación de la inteligencia artificial requiere un enfoque descentralizado y flexible

La Unión Europea y otros países buscan un tratado global para regular el riesgo de la inteligencia artificial, pero California y Nueva York están adelantándose con sus propias regulaciones. Estas iniciativas locales pueden convertirse en un modelo para la regulación global de la inteligencia artificial.

Análisis GNP

La regulación de la inteligencia artificial emerge como uno de los desafíos geopolíticos y tecnológicos más apremiantes de nuestro tiempo, con implicaciones profundas para la gobernanza global, la economía y la seguridad. A medida que el desarrollo de la IA acelera a un ritmo vertiginoso, la comunidad internacional se debate sobre la mejor manera de mitigar sus riesgos inherentes y asegurar un desarrollo ético y responsable. Esta discusión se caracteriza por una tensión fundamental entre la necesidad de una gobernanza global coherente y la realidad de iniciativas regulatorias fragmentadas.

En este contexto, la búsqueda de un tratado internacional para la regulación de la inteligencia artificial, impulsada por actores como la Unión Europea, contrasta marcadamente con el enfoque más pragmático y localizado adoptado por jurisdicciones subnacionales dentro de países clave. Estados Unidos, en particular, ve cómo entidades como California y Nueva York están tomando la delantera en la formulación de marcos regulatorios propios, adelantándose a un consenso nacional o global.

Este panorama sugiere que un enfoque descentralizado y flexible podría no solo ser inevitable, sino potencialmente más efectivo para abordar la complejidad y la rápida evolución de la inteligencia artificial. Las iniciativas locales, lejos de ser meros parches, podrían servir como laboratorios regulatorios, ofreciendo modelos adaptables y probados que, con el tiempo, podrían influir y dar forma a marcos regulatorios más amplios a nivel global.

Puntos clave

  • La divergencia regulatoria entre un tratado global propuesto por la Unión Europea y la acción legislativa de estados estadounidenses como California y Nueva York subraya la fragmentación actual en la gobernanza de la inteligencia artificial.
  • Las iniciativas regulatorias a nivel subnacional, como las de California y Nueva York, tienen el potencial de actuar como modelos piloto o "bancos de pruebas" para un enfoque más flexible y adaptable a la regulación de la inteligencia artificial, que luego podría escalar a niveles nacionales o internacionales.
  • La creación de un tratado global único para la inteligencia artificial enfrenta desafíos significativos, incluyendo la velocidad de avance de la tecnología, las diferencias en valores éticos y prioridades económicas entre naciones, y la dificultad de asegurar una implementación y cumplimiento uniformes.
  • Un enfoque descentralizado podría fomentar la innovación al permitir que diferentes jurisdicciones experimenten con marcos regulatorios, pero también plantea el riesgo de una "carrera a la baja" regulatoria o la creación de un mosaico de normas que dificulte la interoperabilidad y el comercio global en tecnologías de inteligencia artificial.

Contexto

, la búsqueda de un tratado internacional para la regulación de la inteligencia artificial, impulsada por actores como la Unión Europea, contrasta marcadamente con el enfoque más pragmático y localizado adoptado por jurisdicciones subnacionales dentro de países clave. Estados Unidos, en particular, ve cómo entidades como California y Nueva York están tomando la delantera en la formulación de marcos regulatorios propios, adelantándose a un consenso nacional o global.

Este panorama sugiere que un enfoque descentralizado y flexible podría no solo ser inevitable, sino potencialmente más efectivo para abordar la complejidad y la rápida evolución de la inteligencia artificial. Las iniciativas locales, lejos de ser meros parches, podrían servir como laboratorios regulatorios, ofreciendo modelos adaptables y probados que, con el tiempo, podrían influir y dar forma a marcos regulatorios más amplios a nivel global.

Históricamente, la gobernanza de tecnologías disruptivas o temas de alcance global ha sido un campo de batalla complejo, marcado por la dificultad de lograr consensos vinculantes y la prevalencia de intereses nacionales. Desde los tratados de no proliferación nuclear hasta los acuerdos climáticos o la regulación de internet, la comunidad internacional ha lidiado con la tensión entre la soberanía estatal y la necesidad de una acción coordinada. La lentitud en la adopción de normativas globales y la dificultad para su implementación efectiva son patrones recurrentes que evidencian los retos de la gobernanza multilateral en un mundo interconectado pero políticamente fragmentado.

La inteligencia artificial, sin embargo, presenta desafíos únicos que superan incluso a sus predecesoras tecnológicas. Su capacidad para transformar casi todos los aspectos de la sociedad, desde la economía y la seguridad hasta la ética y los derechos humanos, junto con la velocidad de su desarrollo y su naturaleza de "doble uso" (civil y militar), exige una respuesta regulatoria ágil y sofisticada. La ausencia de un marco global unificado ha propiciado un vacío que está siendo llenado por actores a diferentes niveles, desde organizaciones internacionales que proponen principios éticos hasta estados-nación y, cada vez más, jurisdicciones subnacionales que buscan establecer sus propias reglas ante la urgencia percibida.

La Realidad Detrás

Lo que los medios mainstream callan

Quien se beneficia realmente de esta noticia son los gobiernos estatales y locales con capacidad legislativa y presupuestaria, como California y Nueva York, y las grandes tecnológicas que ya operan bajo sus jurisdicciones. Al adelantarse con regulaciones propias, estos estados no solo marcan la agenda, sino que obligan a las empresas a cumplir con sus estándares si quieren acceder a sus mercados, que son de los más grandes del mundo. La Unión Europea, con su enfoque de tratado global, queda en una posición de espera mientras las reglas se escriben en los pasillos de Sacramento o Albany, donde las firmas de lobby tecnológico tienen una presencia documentada y constante. El ciudadano no aparece en esta ecuación como actor, sino como sujeto pasivo de normas que se negocian lejos de su voto directo.

Los intereses económicos y geopolíticos en juego son enormes. California alberga a las mayores empresas de inteligencia artificial del planeta, como OpenAI, Google o Meta, y Nueva York es el centro financiero que mueve el capital de riesgo que las financia. Quien regule primero no solo define qué se puede hacer, sino que condiciona el costo de cumplimiento, las barreras de entrada para competidores más pequeños y el flujo de inversión. La Unión Europea, con su Ley de Inteligencia Artificial ya aprobada, intenta exportar su modelo regulatorio como estándar global, pero las decisiones concretas se están tomando en lugares donde el poder ejecutivo estatal tiene más agilidad que Bruselas. Los nombres propios aquí son los gobernadores Gavin Newsom y Kathy Hochul, y los líderes de las grandes tecnológicas, que tienen incentivos para preferir reglas locales fragmentadas antes que un tratado internacional con sanciones duras y difíciles de eludir.

El precedente histórico más cercano es el de la regulación de privacidad en internet, donde la Unión Europea aprobó el Reglamento General de Protección de Datos en 2016, pero California respondió con su propia ley de privacidad en 2018, y luego otros estados copiaron el modelo. El resultado no fue una armonización global, sino un mosaico de normas que las empresas tecnológicas aprendieron a navegar, convirtiendo el cumplimiento legal en un servicio de asesoría muy lucrativo. El mecanismo de fondo es el mismo: cuando un actor con poder de mercado no quiere una regla única y estricta, fomenta la fragmentación regulatoria porque le permite elegir dónde innovar y dónde cumplir lo mínimo. La diferencia ahora es que la inteligencia artificial afecta a sectores como la salud, el empleo o la seguridad pública, donde un vacío legal tiene consecuencias más directas y menos reversibles.

Para el ciudadano normal, esto significa que sus derechos digitales dependerán del código postal donde viva. Si reside en California o Nueva York, tendrá ciertas protecciones sobre el uso de sus datos o la transparencia de los algoritmos; si vive en un estado sin regulación, las empresas podrán operar con menos restricciones. En el bolsillo, la fragmentación encarece los productos porque las empresas trasladan los costos de cumplir con múltiples normativas, y también puede retrasar la llegada de servicios basados en inteligencia artificial a zonas menos atractivas para el mercado. En términos de derechos, la ausencia de un estándar global significa que decisiones sobre despidos automáticos, denegación de créditos o vigilancia policial quedarán sujetas a criterios locales, sin una garantía común de revisión humana o recurso efectivo.

Lo que conviene vigilar en las próximas semanas es si California y Nueva York publican los textos definitivos de sus regulaciones y qué plazos fijan para su entrada en vigor. También hay que seguir las declaraciones de la Comisión Europea sobre si su tratado global incluirá mecanismos de sanción a países o empresas que no lo firmen, porque sin eso será papel mojado. Conviene mirar las actas de las reuniones entre los reguladores estatales y las asociaciones tecnológicas, que suelen estar disponibles por leyes de transparencia, y ver qué exenciones logran las empresas para sus modelos de desarrollo interno. Y, sobre todo, hay que prestar atención a si el gobierno federal de Estados Unidos intenta bloquear estas leyes estatales mediante una norma nacional, porque ese pulso definirá quién manda de verdad.

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